Dos...

     Después de unos días de incertidumbre y espera, llegó en día 14, el segundo aniversario. Dos años que mi querido hijo murió, dos años que han cambiado definitivamente mi vida y también la de sus seres más queridos y cercanos. Es inevitable que la cabeza me llevara una y otra vez a tan fatídico día, siempre provocandome un nudo en el estómago, una sensación de vértigo y una vorágine de emociones que  acaban, casi siempre, en un llanto desconsalado y un dolor desgarrador en el alma. 
     No di a mi hijo un entierro al uso, como todos. Creo en la existencia de un Ser superior y creo que con él iremos cuando esta vida se nos acabe, pero no creo en los intermediarios, en aquellos que se invistieron de una sacralidad que usan en beneficio propio, en esos hombre que predican la pobreza y viven en la opulencia, que hablan de sexo y de matrimonio, siendo célibes y convierten la castidad en una moneda de cambio...Muchos de ellos, no todos, practican una doble moral e interpretan aquello de "que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha" de forma sui géneris. No, mi hijo, tuvo un funeral a su medida, como él hubiera querido, como yo quiero el mío, sin formalismos, sin presencias extrañas o de compromiso, una despedida digna como lo fue su propia muerte. Siempre me sentí orgullosa de cómo le traje al mundo, siendo como fue, un hijo querido, deseado, fruto de un amor verdadero. Pero ningún acto de amor de una madre puede compararse a este otro de infinita generosidad que representa despedir a tu hijo, estar con él en el último instante. Cuando un hijo se nos muerte, las madres también morimos, aunque no físicamente.
Al día de hoy, tras dos años de duelo y casi ocho meses acompañándole a morir, puedo decir que ha sido la etapa más dura, compleja, dolorosa, desoladora y triste de mi vida, pero también  la experiencia que más me ha hecho crecer como persona, aportándome una nueva manera de mirar la vida y a las personas que están en ella. Mi hijo se merece en estos días de aniversario el agradecido recuerdo de quienes le quisimos, de quienes aprendimos de él a afrontar y asumir la muerte con dignidad pero sin resignación. 
Mi gratitud, mi recuerdo y amor infinito para tí hijo. 

Mamá.

                                                 Rosas blancas para tí....     


    


Entradas populares de este blog

Tú, yo, nosotros...

Viviendo en un ascensor...

De regreso de la calle Fontanares...