El árbol de la vida...



 (Para tí hijo, sé cuanto te gusta Chambao y cuanto significaban algunas canciones para tí. Te quiero y no te olvido. Mamá).

              Un miércoles como hoy, pero hace ya un mes, compartí la que fue mi última noche con mi hijo. Murió el 14 de febrero y al día siguiente, después de incinerarle, nos entregaron una urna metida en una caja azul de cartón etiquetada con su nombre. Como hice cuando nació le sostuve en mi regazo y le conduje al que sería su último destino para darle eterno descanso. Ahora mismo que lo pienso no sé de dónde sacamos la fuerza para mantenernos con tanta entereza. Ni siquiera recuerdo en qué coche ni con quién llegué hasta la playa, sólo sé que no dejaba de mirar su nombre escrito con letras negras sobre una tira de papel plateado que resaltaba sobre el azul del fondo. Como en un mal sueño, no dejaba de pensar que aquellos eran los restos del cuerpo físico de mi hijo, ese cuerpo que no dejó de hacerle sufrir durante los últimos siete meses hasta consumirlo y reducirlo a nada. Pero mi hijo era mucho más que aquello, porque dejo de ser y su no-ser aún estaba entre nosotros y podía sentir su presencia en el sonido de su voz aún en mi oido, el roce de su cara sin afeitar, el olor a colonia de bebé que le poníamos cuando se aseaba y esa expresión de sus ojos buscando en los míos la complicidad o un rastro de esperanza a la que aferrarse, algo que yo no pude darle.  
            Se fue pero sigue entre nosotros porque no dejamos de tenerlo presente en nuestra vida diaria, porque duele más callar que recordar sus ocurrencias, sus pequeñas manías, su manera a veces exigente de pedir las cosas o su risa tonta, porque no queremos dejarle de oir en nuestra memoria para que nunca caiga en el olvido.
              Junto con la urna nos entregaron un dininuto arbolito, una encina. Como soy una ignorante en el tema de la botánica le pedí a un familiar que lo sembrara y se encargara de los primeros cuidados. No sabía la razón, pero no dejaba de pensar que este hecho tendría algún carácter simbólico, algo en lo que no pensé hasta una o dos semanas después.  Un día me dió por leer sobre la encina, sus características y cuidados y de repente, lo comprendí. La encina es un árbol de hojas perennes, de crecimiento lento que puede llegar a alcanzar hasta veinte metros de altura. Antes de que esto ocurra -obviamente- habrá que trasplantarlo a un lugar abierto donde pueda echar y anclar sus raíces creciendo así con entera libertad en compañía de otros árboles. Este proceso puede tardar más de veinte años...El árbol representa la vida. Por cada ser que nos deja, apenas una ramita comienza a vivir en algún otro lugar para con el tiempo convertirse en un precioso árbol fuerte, alto, lleno de ramas y hojas verdes que vivirá muchos, muchos años y donde puede que alguna que otra persona encuentre cobijo. Cuando eso ocurra, cuando haya que sacarlo de casa para trasplantarlo, estaremos de nuevo desprendiéndonos de un ser querido cerrando así nuevamente otro ciclo de nuestra vida.

                                                                 La encinita....
                                                                    Sibila Cumana

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