Viviendo en un ascensor...

   
           Hace un par de días una amiga me escribió en un wasap ¿Qué tal te encuentras? ¿Cómo va ese veranito? Le comenté con las mismas palabras de mi hijo cuando no sabía cómo expresar, cuando todo era más o menos igual o los cambios eran demasiado insignificantes: Pues, tú sabes...Saber, saber, no sabe pero intuye porque ser psicóloga le da cierte ventaja. Vivo en un ascensor -añadí-¿Comprendes?. No sé por qué me vino esta idea, pero creo que fue suficientemente gráfica. 

          Vivir en un ascensor es vivir en sentido vertical, sabiendo que todo lo que sube, baja... Así me siento. Algunos días me despierto en el ático y empiezo a divisar un horizonte, puedo esbozar una sonrisa y si no me siento culplable por ello, pienso que es así porque no es mía, porque corresponde a ese 0,25% de la vida de mi hijo que yo he aceptado vivir por él. Como me aconsejó una vieja amiga de la facultad, intento darle la vuelta al asunto y pensar que veo lo que él quisiera ver, mis ojos son sus ojos, mi disfrute es el suyo. Soy su alter ego no el mío. Esta sensación me hace bien y tomar plena conciencia de ello es una experiencia muy profunda, una conexión espiritual. Pero la mochila que cargo lleva aún demasiado lastre, así que de pronto el ascensor desciende vertiginosamente para detenerse en profundidades llenas de ciénagas, oscurridades, sombras, abismos, precipicios que dan vértigo y te revuelven el estómago..No creo en el infierno, pero de haberlo, podría ser así. Qué hago en ese lúgubre lugar y cuánto tiempo me quedo, es algo que nunca sé. En este sitio cobra vida lo peor de mí, como si mi personalidad tranquila y afable, se transformase en una especie de animal rabioso que quiere acabar con todo...

           Son los miedos del alma, el dolor que se torna en rabia, el agotamiento de una espera interminable, la no aceptación de la pérdida y un terrible miedo al olvido de los pequeños detalles, de la voz, de los gestos, de las frases típicas, de su ceja levantada en señal de protesta o desacuerdo. Porque olvidarlo, nunca, pero ¿cómo evitar que aparezcan los primeros sintomas de  imágenes emborronadas que no cobran nitidez ni después de frotarme los ojos?. 

          El ascensor también hace paradas intermedias. Son esos días que pasan planos, sin pena ni gloria, ni bien ni mal, ni blanco ni negro. Sólo pasan como receso de una nueva subida o bajada. Las mariposas revolotean con menos intensidad. Las emociones parecen adormecidas, el tiempo simplemente pasa...Tú ya sabes, ahí andamos. ¡Cuánto aprendiste hijo y cuánto me has enseñado!

           Así transcurre el veranito, el eterno mes de julio que ya acaba, sin dejar de recordarme que por estas fechas se abrió ante nosotros una  puerta que cerramos ocho meses más tarde. Tras ella no sólo se quedó mi hijo, una parte de mí también se quedó con él y al igual que él, ya no tiene regreso. Como dice la canción. "yo también tengo un hada en mi casa", ahora él es el hada de la mía y estoy segura de que sus alas me protegen...Bueno, no sé si estoy segura pero lo quiero creer.

Sibila Cumana





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