Wasaps for ever...
Ha dejado de ser un secreto que vivo estos días previos al aniversario de la muerte de mi hijo como una especie de cuenta atrás. Son pocos los momentos en los que mi cabeza se ocupa lo suficiente como para perder la noción de esa espera que, en cierto modo me agota interiormente. Cuando intento estar fuerte y vivir este impasse con sosiego y serenidad, alguien de mi entorno me lo
recuerda, porque aunque nadie diga nada, todos sentimos lo mismo y el
hecho de que su fallecimiento se produjera el dia de San Valentín, le da
un matiz peculiar. Su muerte ligada a un día culturalmente asociado al
amor...
Cuando un ser tan querido nos deja, cualquier cosa material que le perteneciera pasa a ser especial, algo que guardas con mayor cuidado para que no se rompa, ni deteriore. Tocarlo, sentirlo, olerlo, son intentos vanos por cierto, de conseguir hacerle presente por un instante en el que recordarmos la breve historia que contiene mientras lo estrechamos contra nosotros: ropa, fotos, cartera...Todo vale aunque nada sirve.
Tengo guardadas aquí en mi casa algunas cosas de mi hijo. Primero las metí en un cajón, los primeros días de su ausencia. Ahí estuvieron algunos meses. De vez en cuando abría la bolsa que contenía la camiseta que le había regalado y que te vistíó en día de su ida. Aún conservaba su olor y ahora también mis lagrímas. Era una tentación muy grande tener aquellas cosas tan cerca y para mí muy fácil fustigarme una y otra vez de la misma manera. Así que un día me sentí fuerte y recogí todo en una funda de guardar ropa y la subí al altillo de mi armario. Siguen estando cerca, pero no a la mano. No he vuelto a mirarla. No quiero olvidar pero esos encuentros no debían prolongarse para evitar que se hicieran enfermizos. Porque puedo permitirme estar triste y no ser feliz, pero no perder la cabeza y el resto de mi vida porque estoy segura de que él se enfadaría conmigo.
Sin embargo he seguido leyendo y releyendo sus wasaps...Unos 120 folios desde el 11 noviembre de 2012 al 9 de febrero de 2013, cuatro días antes de morir. Mientras los leo, oigo su voz y el tono de sus expresiones. Son una retahaila de encargos: comida, seguro de coche, medicación, comentarios de su novia, su cansancio, compra de regalos, consultas y a veces su desesperación. Nadie podría decir que estaba tan enfermo si los leyera...Siempre, detrás de ellos, su deseo y esperanza de recuperación y su gratitud hacia mí por todo lo que hacía. Él me quería, también me lo dice: "Mamá aunque te regañe, te quiero mucho porque tú eres mi madre". Las últimas palabras que deposité en su oido y espero que en su corazón fueron: "te quiero mucho hijo, estate tranquilo que estaremos bien. Dentro de un rato vuelvo..." El no quiso esperarme y para cuando volví ya se había ido. Así lo quiso, por algo sería.
M.P.

