Nuestras madres, esos "seres eternos"...
Hace un rato hablaba con una amiga muy querida para mí. También su madre falleció hace poco y aún no había hablado con ella. Estos diás atrás desde que ocurrió he pensado cómo estaría, cómo se sentiría y sobre todo he intuido con claridad el peso de la soledad que ha caido sobre ella. No es dificil recorrer en paralelo un camino que ya has andado anteriormente y aunque se trate en esta ocasión de la pérdida de una madre y no de un hijo, no deja ser eso, la pérdida de un ser querido, el que te dio la vida, la única persona capaz de quererte sin egoismo e incondicionalmente, esa persona que siempre está...Vayas donde vayas, hagas lo que hagas, si tocas a su puerta ella te abrirá, te recibirá con los brazos abiertos y te dará aunque no tenga.
Cuando perdí a mi hijo, la lectura de Sergio del Molino fue para mí reveladora e inspiradora. Tomé conciencia de la inexistencia que él denunciaba que no era otra sino la ausencia de una palabra con la que definir a los padres que nos quedamos sin uno de nuestro hijos, adoptanto -como el autor- el término "madre huérfana de hijo". Pero la verdadera orfandad es la que sentimos cuando se van esas personas que creemos eternas, atemporales y permanentes que son nuestros padres y madres. En vida, las rodeamos en nuestros pensamiento de una especie de halo de protección inexistente para alejarlas de todo mal, queremos protegerlas pero en realidad buscamos nuestra propia protección, consideramos que nos necesitan, que quieren estar para nosotros por siempre jamás cuando la única verdad es que ansiamos que se queden porque las necesitamos, porque sabemos que una vez se vayan nadie nos querrá de esa manera. Sentimos miedo porque sabemos que nos espera el mayor de los abandonos, el más desconsolador desamparo...Una vez se han ido, como si estuviéramos al borde de un precipicio, nos tambaleamos y una sensación de vértigo nos invade obligándonos a retroceder y dejar caer al vacío nuestros miedos más íntimos, para volver a casa con nuestro sentimiento de orfandad, a sabiendas que cuando cerremos la puerta, toda una vida se quedará tras ella y un futuro desconsolado, lleno de incertidumbres se nos pone delante como un reto pleno de incógnitas, de temores y dudas. No importa la edad que tengamos, siempre necesitaremos a nuestra madre o a nuestro padre. Donde quiera que descansen, nunca se irán de nosotros y donde quiera que estén, nos cuidarán y velarán por nosotros porque siempre seremos sus hijos.
M. P.
