LLegó febrero...

     


        


     Casi a caballo entre el invierno y el verano, febrero es el mes más corto. Nos engaña el calendario regalándonos un día más cada cuatro años. El 2012 fue el último año bisiesto, el año malvado, el que nos trajo la noticia, el último que vivió mi hijo al completo aunque desde la enfermedad. 
     LLevo casi un año esperando este febrero que nada tiene de especial salvo traer a mi memoria los últimos catorce días de la vida de Carlos, bueno, de su existencia, vida lo que se dice vida, ya no era. Es verdad que el tiempo nos ayuda a encajar los golper y reveses que nos van llegando. Desde aquel día he ido contándolo hasta llegar aquí y desde primeros de año lo he vivido intentando ralentizarlo, porque no quiero que pase, porque no quiero mirar atrás con la perspectiva de la no existencia, del no ser, del no estar...El aniversario es el final de todas las primeras veces sin él y la constatación de que la silla estará vacía para siempre. Atrás quedaron, su primer cumpleaños, el primer día de su santo, la primera navidad, los primeros reyes..el otoño, el verano, la primevera, el invierno otra vez...
     La capacidad de los seres humanos para adaptarse, para sobrevivir a las grandes catástrofes, es enorme aunque no lo sabemos hasta que estamos en ello. El dolor lo invade todo incluso nuestro cuerpo físico, dejándonos agotados, sin energía, sin apetito, absolutamente desganados para los quehaceres cotianos más elementales. Nos inhunda la sensación de soledad, una soledad imposible de compartir, de describir, solo de sentirla. Quedarnos a solas con el dolor, acogerlo, hacerlo nuestro, es incomprensiblemente, un bálsamo para nuestro espíritu que acabará sanando nuestra herida. La soledad es así un derecho que adquirimos cuando estamos sufriendo. No hay palabras de consuelo y cada uno vive estos momentos de manera personal e intrasferible. Una experiencia única que nos hace más fuertes, más capaces y nos pone unas gafas especiales con las que mirar el mundo con nuevas miradas, con miradas nuevas.
     Esta experiencia exclusiva de quien la padece, tiene su proceso, su tiempo de sanación. El tiempo es así nuestro único aliado. Primero nos rebelamos, luego lloramos, finalmente aceptamos, asumimos y perdonamos. Sí, perdonamos a la vida por hacernos la jugarreta y después a nosotros mismos. Mientras, peleamos contra ese sentimiento que nos atrapa y nos consume: la culpabilidad. Si llegamos hasta aquí, podemos considerar que estamos en el camino de la reconcilación, del renacimiento personal. Si lo conseguimos, es que podemos llegar a reinventarnos y nuestro ser querido estará presente en todos y cada uno de estos pasos. Poco a poco con el dolor llegará el perdón y con el perdón nuestra gratitud por haber podido estar cerca de nuestros seres queridos y desaparecidos.

M.P.


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