El camino hacia la luz...
A estas horas del día, hace un año, desayunábamos todos. Mi hijo el mayor y su hijo habían venido a despedise de Carlos. Desde hacía tres o cuatro días M. su médica, nos había dicho que ya quedaba poco y para no dejarlo todo el día dormido lo sedábamos por las noches. Su hermana y su novia lo habían aseado, le pusieron su colonia, desororante y una camiseta que le había comprado en la sección de jóvenes, una talla 18. La suya había sido siempre la L pero estaba tan sumamente consumido que tuve que traerle tallas pequeñas para que él mismo se viera mejor.
Mi nieto, iba y venía en casa, nos hacía reir con sus gracias. A Carlos le encantaba tenerlo cerca, escucharlo mientras gritaba detrás de la perra o corría dándole patadas a un balón...A media mañana fuimos todos a verle. El estaba echado de lado. Pablo miraba alrededor mientras decíamos: "Carlitos, mira quien ha venido..." El se volvió y levantó su mano invitando a su sobrino a chocar las palmas en un gesto que todos hacíamos. Su rostro esbozaba la mayor sonrisa desde hacía meses. Apenas sin voz le preguntó a su hermano si en verano volvería para dejarlo con él y bañarse en la piscina e ir a la playa... Se moría y aún así se aferraba a la vida, a los proyectos que tanto deseaba. Yo tuve que marcharme a la cocina, a llorar silenciosamente, casi sin lágrimas para luego volver a la habitación sin que se notara.
No tuve ninguna duda, sabía que ya no le quedaba nada más por hacer, se había despedido de todos, así que su partida estaba cerca porque él sólo había esperado por ellos. Es imposible explicar esta convicción, ni expresar tantos sentimientos encontrados. El deseo que todo acabe y al tiempo una sensación terrible de miedo y egoismo por desear que ocurra. Un caos de sensaciones, cansancio, agotamiento, dolor, sobre todo dolor...
Esa noche la pasé con él. Sentada en su butaca, con la mano bajo las sábanas mantuve el contacto de mis dedos con los suyos. Le puse recate, humedecí sus labios, le besé, me acerqué a su oido para repetirle que le quería, que caminara hacia la luz, que todo estaba bien, que no tuviera miedo. Por dos veces me llamó mamá, con desgarro y desesperación y por más que acercaba mi oido a su boca no podía entender lo que intentaba decir. Y el sueño, me venció durante un par de horas, algo que aún no sé si me he perdonado. Mi hijo se moría y una parte de mí se iba con él. La luz blanca apareció esa noche y mi hijo caminó hacia ella. La mariposa comenzó así a romper el capullo para liberarse una vez transformada dispuesta a ser eternamente libre.
M.P.
