La Navidad, tiempo de recuerdos...
Cuando llegaba la
Inmaculada siempre poníamos el árbol de Navidad y los adornos en la casa.
Sacábamos las cajas de los altillos del armario y el último día del puente, por
la tarde, las abríamos para ponernos a ello. Mi hijo Al. que jamás tuvo sentido
del ridículo, se colocaba dos bolitas de pendientes, espumillón a modo de
melena y de chal...Comenzaba así una serie de imitaciones de personajes famosos
entre los que destacaron siempre Carmen Sevilla y la Pantoja...Los demás nos
reíamos e intentábamos que C. participara en algo, pero nunca lo
conseguimos porque eso de hacer del sexo opuesto lo superaba. Cuando mis hijos
eran pequeños disfruté muchísimo de momentos como estos y las Navidades se
convirtieron en unas fechas entrañables en las que hice de Reina Maga cumpliendo
algunos de los deseos que mis hijos, como todos cuando hemos sido niños, soñamos y aparcamos para esta fecha porque
sólo los Reyes podían hacerlos realidad. Sus caritas expectantes, su inocencia,
sus ojitos apretados intentando alcanzar un sueño imposible de conciliar y su
entrada triunfal en el salón por riguroso orden de altura y edad,
acompañarán siempre mi memoria, me dibujarán una enorme sonrisa y empañarán
siempre mis ojos.
El paso del
tiempo se lleva la inocencia -entre otras cosas- y poco a poco llegó la adolescencia
y la “pesadez” de tener que quedarse a adornar sin ganas la casa, cosa que
empezaron a hacer como si de un favor se tratara, aunque A. siguió amenizando
la puesta en escena con sus ya clásicas imitaciones. Hoy por hoy, cedería unos
años de mi vida a cambio de retroceder en el tiempo y tener a mis tres hijos
conmigo adornando esta casa que respira tanto silencio y vacío. La vieja caja
con los adornos permanece dormida en esta segunda navidad sin telón de fondo.
Los tres calcetines de Papá Nöel que colgaban de la chimenea y amanecían llenos
de bombones, lacasitos, kinder, etc, reposan tristes y ausentes como mis seres
queridos, aquellos que nunca más volverán a estar.
Y aunque
es cierto que estas fiestas no dejan de ser un peso más de nuestra cultura
judeocristiana, una tradición del mundo occidental convertida en un gran
negocio contra en que ni la crisis hace mella, también lo es que añoro aquel
tiempo pasado, tal vez sea eso, que cualquier tiempo pasado fue mejor.
Sibila Cumana
¡Qué sabio aprender de las dificultades...!Ella, (la enfermedad) y yo (ella, la persona)