Mi querida tía...

          Vivir y morir. La cara y la cruz de una misma moneda. El ser y el no ser. El todo y la nada...Ella, finalmente se marchó. Se mantuvo refunfuñada como una niña durante algunos días, mascullando entre dientes que quería volver a su casa, que cada una en la suya..Indirectas con corrección, como era ella, pero diciendo verdades, manteniendo la cordura, recorriendo los rincones más lejanos de su larga memoria en la que cada uno de nosotros formamos parte de una anécdota, de un episodio determinado en un tramo concreto de su larga vida, obligándonos así a recordar  y a recordarnos. En esa especie de nebulosa empañada por el paso del tiempo, proyectamos todas esas imágenes, algunas en blanco y negro, bajo la tenue luz de la cocina de mi abuela a la que recuerdo siempre con su delantal y su pelo cano recogido con un moño bajo. Aquella casa de la calle Real, tan señorial, tan noble que tanto secretos fue guardando, fue sin duda el lugar en el que posiblemente acontecieron las historias más dramáticas y tristes de la vida de mi tía y nos ha servido  muchas veces de escenario, de telón de fondo en que recrear sus relatos.
            Sus idas y venidas, sus compras, su permanente diposición para salir en coche a cualquier sitio, su gusto por los cutres programas del corazón que distrajeron sus horas de soledad, nos han arracando sonrisas y ayudado a disfrazar nuestra pena... Medio enfadada o no, ha seguido recordando incluso perdida en sus pensamientos, enredada, desbronzando  recuerdos  enmarañados que a nosotros nos han enternercido y nos han dejado, como los buenos vinos, un sabor anejo en la boca y un gran nudo en el alma. Se fue y un poquito de nosotros también se marchó con ella. Apenas queda vida que repartir esta vez,  porque afortunadamente pudo apurarla hasta el final, esprimiendo hasta la última gota. Tranquila, como si de dormir se tratara, llegó el momento de marcharse y hacer su tránsito en paz. Justo al otro lado la esperaban sus hijos, su marido, sus padres, sus hermanos, mi hijo...
            La niña que vivió en  la Carraca, la joven enamorada de la Alameda, la mujer casada de la Calle Real,  viuda de la barriada San Ignacio, doña Leonor, Leonor o Leo para quienes la trataronn, mi tía, tata para sus subrinos, sabemos que estarás bien. No te olvidaremos porque como tú, siempre te tendremos en nuestro corazón y te daremos vida en nuestra memoria.

Sibila Cumana



                                              Donde quieras que estés, estarás bien, eso al menos quiero creer.
             

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