Desde el otro lado...

      Continúa julio, un mes que pasa con tanta lentitud que me ha dado tiempo a hacer multitud cosas y hacerme con una nueva rutina, algo que para mí es necesario. Entre otras, he ido casi todas las tardes a la playa, a la misma playa a la que voy desde hace muchos años, a la que van otras personas ya conocidas, a quienes no conozco si no están en bañador. Fuera de este contexto no sería capaz de reconocer a nadie. 
       
       Sancti Petri presenta una imagen diferente y no es ninguna paranoia personal, es algo que opinamos los asiduos. Está más llena, hay más actividades acuáticas durante la mañana y la tarde: piragüas, kitesurf, surf y mucha gente haciendo padel surf, el deporte preferido de mi hijo cuando tuvo que dejar la piragüa. Tengo grabada en mi cabeza su imagen remando sobre la tabla en las tranquilas aguas del entorno del castillo y a veces, cuando veo a los jóvenes, quiero pensar que él está también por ahí remando cada día como guardián custodio enviado desde el "otro lado" permitiéndole hacer lo que más le gustaba. Ya me lo imagino negociando la autorización para una breve estancia frente al chiringuito, en el que dejó un cóctel de frutas pendiente, después de un verano viviendo a medias el resto del último tramo de  vida que le quedaba.
        
      Cada tarde voy un rato a intentar relajarme, bañarme en esas aguas que simbolizan el movimiento, la renovación y el reencuentro con mi hijo que ya no está. Me siento frente al castillo y rebusco conscientemente en mi memoria los recuerdos que me hicieron más feliz, que me produjeron risa, intentando mantener unos ninutos de conexión espiritual, sólo unos instantes en los que todo desaparece y solo quedamos los dos mirándonos sin mediar palabras. Es reconfortante y me aporta una gran sensación de paz a la par que tristeza, aunque mantengo la esperanza que con el tiempo lo primero acabe superando lo segundo.

        Mientras, a mi alrededor, todo en la pequeña playa sigue su ritmo. Muchas sombrillas abiertas que la llenan de color. Algunas con varias personas o familias que se protegen del sol, hablan, juegan, hacen planes...Niños que van y vienen a lo orilla con sus cubitos de agua, sus meriendas, sus pequeñas discusiones. De vez en cuando una sombrilla y una silla solitaria que simplemente espera a la persona ausente, seguramente dando un paseo o un baño...La silla  espera pacientemente su regreso para acoger al caminate o al bañista y ofrecerle justo lo que éste/a  espera y necesita: un lugar para descansar a la sombra, en un caluroso día de verano. 

Sibila Cumana


                                                           Música y fotos de mi hijo.
                                          



                                

        
             

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