Los rincones oscuros de la memoria…


            Apenas tres meses y medio después, vuelvo al Tanatorio para una toma de contacto con una de las  psicólogas de la Asociación "Alma y Vida".
            La memoria está llena de rincones y en ellos solemos depositar los recuerdos que más nos asustan, aquellos que queremos olvidar cuanto antes. Según llegaba por la carretera, intentaba reconstruir aquel día 14 de febrero, cuando llegamos a primera hora de la tarde. No consigo establecer una secuencia temporal con una sucesión real y lógica. Sé que salí de casa de mi hijo y que llegué a la mía. Creo recordar que primero se marchó el coche fúnebre. En casa, mi nieto jugaba. Yo lo abracé, apretándolo contra mi pecho, queriéndome perder en su mirada ajena, en sus inocentes ojos, en su pequeño cuerpecito… Demasiado pequeño para poder albergar mi pena. Nos cambiamos de ropa mis hijos y yo y nos marchamos o me marché, no recuerdo exactamente, soy incapaz de ordenar las escenas que me rondan la cabeza tal y como sucedieron en el tiempo.
            Como en una especie de nebulosa todo se mezcla y aún hoy, que las salas de duelo permanecían cerradas y vacías, imágenes a modo de flashes iban y venían. La sala número tres. El nombre de mi hijo a un lado de la puerta. Los monitores mostrando la identidad de los fallecidos. No recuerdo el color de los sillones, sé que había una mesita con agua, caldo por la madrugada y un cristal tras el cual yacía en cuerpo sin vida de mi hijo. Recuerdo que me veía y sentía como espectadora, no como protagonista, algo así como si me hubiera escapado de mi propio cuerpo porque aquella no podía ser yo, ni aquel mi hijo. La gente se acercaba, me abrazaba, algunas se presentaron como conocidos de Carlitos. Fueron muchas personas a verme a mí, a ver su padre, a sus hermanos: Familiares, amigos, compañeros, vecinos, conocidos…Formábamos pequeños grupos. Hablábamos del trabajo, de los alumnos, de la inspección…Me sorprendió gratamente la presencia de personas a quienes no consideraba cercanas y me decepcionaron y me dolieron algunas ausencias de otras a quienes consideraba más próximas a mi dolor.
             Hoy he vuelto a rememorar los sinsabores de aquel día entremezclados con alguna que otra anécdota que nos ha hecho sonreír. Revolver en el alma  duele, pero sin duda nos obliga a mirar con miradas nuevas, miradas  que acabarán sanando con el tiempo las heridas.

Sibila Cumana.



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