Yo no me doy por vencido...





            Abro una nueva carpeta en mi ordenador a la que llamo "Carlitos para siempre".  En ella guardo las fotos que por fin me atreví a mirar y la música que ahora a escucho. Todos ocultamos una parte, esa que  no mostramos a nadie, en la que se suceden espacios de silencio que llenamos con canciones  o con imágenes. Es otro lenguaje, con otros códigos pero sin duda alguna válidos también porque contienen mensajes que una vez decodificados,  desvelan el yo más personal e íntimo.
            Ahora sé que no me equivoqué cuando elegí la playa como lugar en el que reposara eternamente. Ya no es una suposición sino una certeza. Esa playa mi hijo la fotografió con cientos de instantáneas, en  las diferentes luces del día, de la tarde, de la noche. Con el sol del caluroso verano, arrasada tras un fuerte viento de invierno. Amaneceres, atardeceres; desierta o con amigos que realizan deportes acuáticos. Mar, mar, siempre el mar. Así que esta nueva sensación de acierto me aporta una gran tranquilidad y me confirma que mi hijo es alguien al que conozco hasta donde una madre puede conocer.
            Esto constituye su más preciado legado. Me deja la tarea de seguir conociéndole porque sus fotos, no las personales que, forman parte de una intimidad que yo no invado, sino las que hizo como aficionado y esa música que le revela como un hombre joven deseoso, ansioso por quedarse, enamorado, asustado de verse a sí mismo tan frágil y la par sin querer mostrar un ápice de debilidad, negándose a que alguien le dijera lo que en el fondo intuía aunque no aceptaba. Me pregunto cómo pudo hacerlo, cómo soportó callado hasta el final y qué querría decirme cuando me llamó mamá por última vez... Nunca sabré qué quería decir o decirme, ya no.
            Carlitos no es pasado, es y será siempre un presente continuo. Y me deja esta nueva puerta abierta po la que acceder a esa parte de su yo personal e intransferible, ayudándome así a seguir curando esta herida que permanecerá dentro de mí para siempre como una marca indeleble, imborrable. Gracias hijo por dejarme lo mejor de tí, sabes que conmigo todo lo tuyo estará a buen recaudo. 

              







Entradas populares de este blog

Tú, yo, nosotros...

Viviendo en un ascensor...

De regreso de la calle Fontanares...