Allegro
ma non tropo…
Alegre, pero no demasiado, no demasiado
deprisa…Esta es la traducción literal de esta frase en el lenguaje musical. Hace
dos días me dijeron: sé positiva, la
buena suerte llama a la buena suerte y la mala a la mala, así que no tientes…Nunca
he sido supersticiosa, pero hay rachas en la vida en la que el deseo de
encontrarte mejor es tan grande que te apuntas a todo y todos los consejos son
bien aceptados por si acaso…Y ese día estuve más optimista, positiva y me sentí
aliviada.
Ayer fui a ver a mi tía, mi tata. Sin
tener toda la información no hace falta ser muy lista para ver que la “cosa” no
va bien. En apenas seis días sin verla encontré su carita más consumida, sus
hombros más estrechos y su espalda huesuda hasta el punto de recordarme el aspecto
de mi hijo cuando comenzó esa carrera imparable hasta menguar de tamaño
dejándonos ver la realidad de su cercana muerte. He de confesar que sin ser su
cuidadora me siento en cierto modo acompañante de segunda fila. Sentadita en la
butaca de una habitación, que bien pudiera estar sacada de la serie española Cuéntame, envuelta en su mantita a
cuadros, permaneció sentada y atenta a cuanto se habla porque no oye bien de un
oído, pero increíblemente es capaz de escuchar cualquier murmullo.
Toda esa fragilidad y a pesar de
andar arrastrando los pies, no es óbice para que hable y hable haciendo planes
para cuando “esté mejor” porque quiere ir a un chiringuito a comer pescaito
frito. Pero sobre todo no deja quieto el pasado. Nos recuerda a todos nosotros
en diferentes escenarios en el que nos va colocando para representar mentalmente
ese tiempo lejano que ahora sostiene su
presente. El pasado llega como un soporte en el que apoyarse, entiendo que tal vez sea porque hace su
balance, ajusta sus cuentas, mira los ingresos, los costes y el saldo…Es un preámbulo
con el que comienza el posible cierre de su ciclo. Sus travesuras con mi madre;
las de mis primos que se ligan a las mías propias por cercanía de edad;
aquellos tiempos en un casa grande que se recorría haciendo una U con balcones
sin cortinas ni persianas que de noche
se iluminaban, muy de vez en cuando, con las luces tenuas de los pocos coches que
atravesaban la calle Real; los cuartos en la azotea donde planeábamos la
travesura siguiente; la habitación junto a la cocina en la que dos enormes lebrillos
permanecían llenos de ropa para lavar a mano y jaulas de pájaros de mi abuelo,
un aficionado que los compraba, los admiraba y dejaba el alpiste en el suelo
para que mi abuela lo limpiara, cosa que hacía protestando para sus adentro porque ya tenía
demasiado y nadie se daba cuenta…
Tata, ajusta su memoria y me
pregunta a solas: ¿me pondré bien? Para
añadir sin darme tiempo a contestar: yo
ya me encuentro mejor. Y es que a sus 88 años tiene cosas por hacer, ganas
de vivir, nietos y biznietos con quienes seguir compartiendo y una nuera-hija cuya
cercanía es la que más seguridad y confianza le proporciona. Ha llegado el tempo
allegre ma non tropo, dejemos la puerta abierta a la esperanza para una
despedida plena de dignidad, respeto, libre de sufrimiento como corresponde a una dama que aprendió a vivir fijando la mirada en las
preciosas rosas sin echar cuenta de sus tallos cargados de espinas.
Sibila Cumana