El
“vigilante” de la playa…
Sentada en mi estudio frente a la
ventana, hoy domingo no dejo de observar una incesante marcha de vehículos en
dirección a las playas cercanas. Hace un día soleado, con buena temperatura y
mucha gente está ansiosa de sol, de calor, de arena, de olor a mar. Las playas
se pueblan de sombrillas, de familias, niños y jóvenes embadurnados con crema,
tumbados en hamacas y toallas, para comenzar a ponerse tostaditos. Huele a
verano, a brisa marina, a chiringuitos…cervecita, tinto de verano, ensaladas,
caballa y piriñaca…Sabores y olores llenos de recuerdos que me devuelven miles de instantáneas de mí
misma, de mis viajes, de mis seres
queridos y entre todas ellas la de mi hijo: gorra, pantalón corto, chanclas,
toalla al hombro, un torso fuerte, fibroso y moreno…De esta guisa salía de casa
diciendo: Mamá me voy, luego vengo…Y marchaba caminito de la
piscina, con su hermana o sus amigos o a la playa. Le encantaba el verano,
andar ligero de ropa, las barbacoas por la noche, las terracitas por la tarde, los Caños,
Barbate, Conil…Cualquier sitio donde oliera a libertad, a gente, a “niñas” con
las que tontear, a noches jóvenes que se juntan con el día, sabores
inolvidables de un tiempo que no regresa.
Este verano será diferente y
especial. La playa es ahora suya, así que muy pronto estará cada día acompañado
por otros sonidos además de vaivén de las olas o el ronquido aislado del motor
de alguna lancha. Este año será por primera vez el “vigilante” de la playa que
lleva casi cuatro meses custodiando desde el fondo de sus aguas, llenando la atmósfera con su nueva, cálida y eterna
energía.
Sibila Cumana