Escribir derecho con renglones torcidos…


            Este dicho popular no es más que un reflejo de la complejidad humana. Una manera de expresar la dificultad de vivir la propia dificultad. Escribir derecho sobre renglones torcidos implica un esfuerzo sobrehumano, por eso sólo se le aplica a un ser Supremo, capaz de hacerlo todo y hacerlo bien.
            Después de cinco meses vuelvo a Sevilla y por primera vez desde hace ocho años, no lo hago por cuestiones médicas, ni ingresos, ni revisiones…Así que me siento como pez fuera del agua. Dejo el coche donde siempre y me dispongo a coger el bus número 10 que me acerque a mi objetivo. Cuando estoy en la parada, detrás de mí se alza el Hospital General y frente a mí, la parte trasera de la Iglesia del Corpus Christi, una foto de la cual aparece en una de las entradas de este blog. Su sombra me alcanza y me sobrecoge. Me aprieto en mi parka porque la mañana promete un buen día pero me recibe fresco, con un airecillo que te produce escalofríos…La no casualidad en el retraso del autobús, me da el tiempo suficiente de no pensar y dejarme llevar por un impulso que me hace caminar entre las calles del parque exterior, por donde cientos de veces he pasado, hasta llegar a la puerta principal. Luego paso el control correspondiente, donde el mismo chico uniformado me mira y yo respondo, como siempre: Voy a oncología. Ascensores, quinta planta y un corazón acelerado que quiere escaparse de mi pecho. Sin la menor vacilación entro por el pasillo, reformado con colores en la gama del naranja y malva, que sin duda han suavizado la tristeza de la planta. Cuando has pasado tanto tiempo allí, aprendes a pasar sin mirar. Este, es otro de los códigos internos. Las habitaciones constituyen el único espacio de intimidad, desde la ventada hasta el marco de la puerta. Así que paso con la mirada al frente, hasta que llego al control donde me sorprende Maribel, sentada, revisando los tratamientos del día. Otra vez la no casualidad. Porque Maribel fue la primera persona que conocimos en la planta, es de las más antiguas, está allí porque quiere, le gusta, tiene un trato exquisito y la gracia de ser gaditana. Y me reitero, de nuevo la no casualidad me permite saludar a Pilar, la oncóloga, que me regala unos minutos del tiempo que no tiene. Me abraza muy fuerte, toma mi mano cálida y siento la suya, delgada, fina y fría. No hablamos de Carlos…aunque sí, pero a través de un instante de silencio y una mirada cómplice, con ojos brillantes y una sonrisa al tiempo que me dice: Te veo bien, estás guapa, ¡te he visto tan desmejorada!...Ahora tenemos que quedarnos con lo mejor. Yo contesto: Lo sé.  Por eso estoy aquí, el hospital, vosotros, tú, formáis parte de lo mejor. Esta ha sido mi casa, tenía que volver. Gracias por todo.
            Un momento lleno de emoción contenida, de temblor en las piernas mientras bajaba, de lágrimas que caían sin control, pero con una enorme sensación de serenidad y paz interior. Una parte de mi hijo sigue en aquellos pasillos, salas de espera, cafeterías…Y lejos de la sensación de rechazo y de no querer ni pasar por aquel entorno, me superan las ganas de llegar a recordar sin dolor y quedarme con todos los momentos vividos, porque los vivimos con él y porque no me quiero deshacer de nada. Todo mi cariño para el personal de la quinta planta, sin exclusiones. Gracias de todo corazón. Sé que volveré.

Sibila Cumana.



           

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