Con la terapia a cuestas…


            Cada semana asisto a mi sesión de psicoterapia. El pequeño despacho de Ch. M. es un lugar donde me siento segura. Me recibe siempre  con una sonrisa y me mira con sus ojos claros por encima de las gafas que, se quita y se pone continuamente. Me pregunta ¿Qué tal la semana? Al principio me acercaba a su mesa apoyando los codos, replegándome, como protegiéndome no sé de qué, posiblemente de mí misma. Ahora, en cambio, me hundo en una cómoda butaca y converso relajadamente. Ante mí una cajita de madera con pañuelos de papel que, casi siempre acabo usando, al tiempo que le advierto que no me haga llorar más. Ella ríe y me dice: ahí tienes la caja, ábrela!
            Llevo con ella la friolera de siete años, no seguidos, pero siete años. Así que sabe casi tanto de mí como yo misma. Y yo también sé más de ella, ambas sabemos que lo sabemos. Pero la mesa de despacho y la bata blanca siempre estará como una barrera entre nosotras. Terapeuta y paciente. Son las reglas. Si no hay distancia, no hay ayuda.
Sólo una vez Ch. M. me recibió con un cálido abrazo, sin la bata y se sentó a mi lado. Fue seis días después que falleciera mi hijo. La psicóloga se quedó fuera y me atendió la persona, la mujer, posiblemente madre, sin prisas, sin reloj. De manera cordial, amistosa y hasta con afecto. Hablábamos o mejor dicho, yo hablaba y hablaba esta vez sin barreras. Antes de este día ella fue un soporte, me ayudaba a transformarme en acompañante, a canalizar mis sentimientos, mis emociones para que fluyeran desenfrenadamente, para que no quedara nada dentro y saliera la rabia, el dolor y la ira. “Ahora sólo seré tu acompañante -me decía- luego tu terapeuta”. Y en ello andamos. Cada semana un día toca desnudarme por dentro, descubrir mis miserias, dejarme ver y mirarme. Casi nunca me gusta lo que veo y quisiera cerrar los ojos, apartar la mirada, estar en otro lugar, no escuchar mi propia voz, porque es cansado y duele. Pero ella siempre acaba animándome a seguir haciendo mis deberes, valorando mi esfuerzo, haciéndome ver que no hay prisa, que hay que cerrar bien este capítulo y salgo reconfortada con la “ilusión” de que un día, cuando pase no sé cuanto tiempo, dejaré de abrir la cajita de pañuelos, podré recoger mi vieja ropa, vestir mi espíritu con un vestuario renovado y continuar así mi camino. Sólo entonces podré pasar la página en la que estoy  y empezar a vivir la siguiente…eso quiero creer.


Sibila Cumana. 



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