Un
poquito de vida social…
Por primera vez desde que volví de
Gijón, me decido a quedar con un par de amigas. Me siento extraña, no sé a
donde decirles que vayamos. Han cerrado algunos bares, han abierto otros. En
fin, que vamos a lo seguro aunque no sea el lugar más agradable. No sé qué tomar, ni qué pedir para picar así que
les dejo decidir a ellas que resuelven con gran rapidez. El objetivo es vernos
y hablar, lo demás queda en segundo plano.
Poco a poco me voy relajando y me
dejo llevar e incluso me permito reír un poco con las cosas que me cuentan. Me dicen que
sigo teniendo la mirada triste, pero me ven más descansada y parece que voy relajando ese rictus que transmitía dolor y sufrimiento.
Me ven delgada, mucho más, pero con buen aspecto en general, cosa que me
consuela y alimenta mi autoestima un poco de bajón últimamente.
A pesar de la agradable compañía y
la entretenida conversación no puedo evitar sentirme en casa ajena,
desubicada, con cierta tensión y prisa por volver a mi pequeña fortaleza, mi
casa, donde me siento segura al amparo de mis cosas, en mi silencio, en mi
trabajo, en mi soledad. Sobre todo en este pequeño estudio que comparto con la
butaca de mi hijo que me quita la mitad del espacio y a la par me acompaña
trayendo a mi memoria el día que la compré, la foto que le envié desde el móvil,
sus palabras de gratitud y de alegría, su sonrisa cuando llegué a verle y
estaba sentado en ella con las piernas en alto, advirtiéndoles a todos que no se sentaran, que su madre la había comprado sólo para él. Yo
feliz de haberle dado una opción para estar cómodo aparte del sofá en el que llevaba echado un
par de meses. Y es aquí, con su butaca al lado donde escribo, donde leo, donde
pienso y donde me pierdo encerrándome a cal y canto con lo que considero mi
mayor patrimonio: mis papeles, mis libros y mis recuerdos. Así que comenzar a
tener un poco de vida social se ha convertido en una meta, en otro reto porque
resulta que después de estos meses sin tener tiempo ni para depilarme, ni
pararme a mirar en el espejo, ahora que sí lo tengo se me hace demasiado largo
y no sé con qué llenarlo. Toda esa incesante actividad que llevaba de trabajo,
casa, hijo, badminton, tai chi, salidas a la sierra, a cenar, al cine y a todo
cuanto surgía, ahora no me resulta gratificante, no lo necesito, no lo añoro y
no sé si retomaré nuevamente esa que era mi vida o si mi vida ya nunca podrá
ser la que fue. Corren tiempos difíciles, se perdieron las cosechas de este año
pero llegado el momento volveremos a sembrar con la esperanza de obtener nuevos
frutos. Al fin y al cabo no somos sino el tiempo que nos queda.
Sibila Cumana

