Nos
hace falta tiempo…
Poco a poco mi casa va volviendo a la normalidad. Con
más luz, sensación de amplitud y por
supuesto limpieza. Ya puedo recrearme en ese orden sin el cual me cuesta vivir.
Lo más importante es haber cumplido un objetivo y haberlo hecho pacientemente,
sin que vivir en medio de un desastre me crease la más mínima desazón.
Pocas cosas me alteran el pulso en
esta etapa que vivo. Casi nada me hace temblar o me asusta porque lo que me
daba miedo sucedió y es ya, me guste o no, parte del pasado. Todo es relativo,
todo se minimiza cuando echo la vista atrás, de manera que no hay grandes cosas
que hacer, ni grandes retos en la meta, solo aquí y ahora. Sin embargo a medida
que pasan los días, siento más la ausencia de mi hijo como una pesada losa. El
mito de Sísifo, una y otra vez viene a mí y subo mi piedra a lo largo de la empinada ladera con la esperanza de poder dejarla
caer alguna vez hacia el otro lado y liberarme de ella.
Estos días andamos resolviendo temas
legales. No es suficiente que pierdas un hijo, luego te machacan con esta maldita burocracia y tenemos que oír
una y otra vez cómo se refieren a nuestro hijo llamándolo “el fallecido”, como
si ya no tuviera nombre. Es entonces cuando tomamos conciencia de que hace ya casi tres meses que no está y que así está registrado en todos los archivos informáticos que contienen información
sobre él sea del tipo que sea. El notario nos mira, lee nuestros nombres en los DNI preguntándonos si somos sus padres, porque así lo exige el protocolo,
obligándonos a contestar afirmativamente. Nosotros asentimos con la cabeza
porque no queremos estar allí, ni escuchar como llaman a nuestro hijo “el
fallecido”, ni que nos digan nada porque no debía ser así la historia. Luego
nos miramos y bajamos la cabeza, impotentes, tristes, ahogando nuestras lágrimas
y callando. Somos padres huérfanos, echamos de menos a nuestro hijo, nos desgarra
su ausencia, nos duele vivir, nos entristece que todo nos haya venido dado sin
poder hacer nada y sentimos un enorme vacío interior que nada ni nadie será
capaz de llenar porque los hijos que nos quedan no pueden ocupar su sitio, cada uno tiene el suyo propio, único y exlusivo.
Sus cosas siguen guardadas. No
estamos preparados aún para tocarlas, ni mirarlas, porque cada una lleva
impresa una historia, una anécdota, un recuerdo alegre o triste. Nos hace falta
tiempo para aprender a desprendernos, dejar que caigan las hojas del árbol
sin oponer resistencia. De momento nos aferramos a ellas, al mismo tiempo que
aprendemos a vivir sin esperarle, sin oírle protestar, sin que nos llame, sin
verle...Aunque lo hagamos cada día desde el corazón.
Sibila Cumana