Dos meses sin ti…


            Aún contamos tu ausencia en días, semanas y meses. A las doce de la mañana, hace dos que te marcharte esta vez para siempre. Los libros que he leído dicen que estás y seguirás estando en una dimensión en la que sólo estáis quienes habéis adquirido esa nueva forma de vida. Yo me lo creo o me lo quiero creer, pero aunque así sea, estoy deseando escuchar tu voz que me llama y coger tu cabeza calva entre mis manos para besarla.
            Estás en nuestro presente, en nuestro día a día. Hablamos de ti, de tus opiniones, de tus manías, de tus ocurrencias. Le hablamos de ti a la familia, a los amigos, a todos e incluso a los albañiles que ya sabes, ahora se pasan aquí el día entero. Te hubieran caído bien y hubieras pegado la hebra con ellos, eso les digo, que estarías ahí como un auténtico “enterao” o “maestro liendre”…Así que no te has ido y aunque vivimos en una especie de espera para volver a verte, sabemos que no ocurrirá jamás y cuando esta realidad se apodera de nuestra consciencia, yo siento que me vuelvo loca y lloro hasta quedarme sin reservas.
            No intentamos “beatificarte” porque tu muerte haya sido tan injusta y tan macabro tu sufrimiento. Tú eres tú, como cada uno de nosotros. Te quisimos, te queremos y te querremos tal como fuiste, tal como eres. Tus recuerdos pululan por la casa: en tu habitación jugando con la play, en la cocina picando algo junto al frigorífico, entrando y saliendo con tus bastones a toda caña para cambiar de gorra, recortándote el pelo del cuello viendo tu espalda fuerte y musculosa o saliendo del baño en calzoncillos después de ducharte y me oigo gritarte: ¡ese culito! Y tú medio riéndote, mascullando: “no es pesá mi madre”. Pero yo sé que me quisiste mucho, que fui tu cómplice, tu confidente, secretaria y últimamente tu recadera. Tu última salida a comprar la hiciste conmigo en Navidad y tu última noche la reservaste para mí. Nada ocurre por casualidad y todo fue como dispusiste.
            Confío en que hayas perdonado mis errores. Lo que hice mal, lo que no hice o lo que dejé de hacer. Yo perdoné los tuyos al instante siguiente de cometerlos y ahora intento asegurarme tu perdón a través del mío propio, algo muy difícil hijo, porque nada tiene regreso.
            No dejo de soñar que voy a verte a playa. Cuando llego a la orilla comienzo a caminar mar adentro. Mientras yo doy pasos hacia el horizonte tu cabeza asoma a lo lejos hasta encontrarnos a mitad de camino. Te reconozco guapo, fuerte y sano. Nos miramos y sonreímos, mientras siento como me voy deshaciendo a medida que  diminutos trocitos de mí se depositan en el fondo, en el mismo fondo donde tú estabas. Ocupo tu lugar y te doy mi vida. Sé que es un sueño, pero no tengo dudas, si pudiera cambiarme lo haría.
            Tú sigue ahí, en la luz blanca fuente de toda energía, cuídanos, protégenos, ilumina nuestras vidas tan tristes y vacías sin ti. La libertad fue tu moneda de cambio. No más dolor, no más enfermedad, no más miedo ni sufrimiento. Eres libre hijo, el más libre de todos nosotros.

Mamá.


Carlitos con el "pequeño saltamontes". Ese día le hizo su primer corte de pelo, maquinilla en mano.   Verano, 2011.




                      Aquí me tienes hijo....

Entradas populares de este blog

Tú, yo, nosotros...

Viviendo en un ascensor...

De regreso de la calle Fontanares...