De
vuelta a lo cotidiano…
Renacer, volver a la vida, algo así
como resucitar. No hablo de la vida del más allá, de la cuarta dimensión ni
nada de eso. Hablo del regreso a lo cotidiano, a lavar, tender, comprar o
cocinar…rutina que no necesita pensar pero que te hace entrar en la dinámica
del antes del “antes”, cuando mi vida transcurría entre el instituto, la casa y
la facultad. Y como cuesta, resulta que me decido a hacer algunas reformas en
mi casa porque las necesita y porque lo necesito. Así que esta semana todo es
un ir y venir. El presupuesto es muy justo así que tengo que hacer los portes y
recados a demanda de mis dos albañiles que en 72 horas se han convertido en
parte de la familia.
Tengo la suerte de no estar sola. Mi
hermano, que se ha convertido en una sombra que me tutela y me protege, me
acompaña en todo. Pero lo más importante es que consigue que me ría, una
terapia que no tiene precio. Él, es el segundo de los tres como mi hijo
Carlos. Esta posición, según la teoría de mi compañera Charo, es muy jodida y
te hacer ser diferente. Puede que sea cierto. A él, mis padres lo cambiaron dos
o tres veces de colegio, quiso ser taxista, hizo Maestría Industrial y finalmente, la
insistencia de mi padre le llevó a terminar una ingeniería técnica, aunque yo jamás vi que estudiara. Me hizo rabiar
muchísimo de pequeña, porque yo usurpé su puesto cuando nací y él, celoso y
despojado de su condición, decidió fastidiarme todo cuanto estuviera en su
mano. Y lo hizo, de la misma manera que mis hijos hicieron con su hermana. Son los eslabones de una larga cadena en la que las
generaciones se suceden y los genes transmiten mucho más que el color de los
ojos, de la piel o del pelo. Así descubro
mis afinidades con él, mi parecido sentido del humor y una gran rapidez
y eficacia a la hora de resolver cualquier asunto. Veloces como el rayo hemos
elegido azulejos, suelos, pinturas y muebles. Hemos recorrido Ikea en tiempo
record y su no he podido dejar de reír como hacía meses, observando cómo
intentaba localizar secciones, pasillos y referencias sin parar de protestar porque nadie le atendiera
personalmente, algo imposible de concebir una mentalidad tan práctica como la
sueca.
Así que la semana transcurre llena
de novedades, con mi hermanísimo convertido en mi “jefe de obras”, mi casa
patas arriba, con desayunos al son de martillazos sobre cinceles, con ricas comidas en tarteras -gentileza de mi cuñada- y sobremesas con dos hombres que bromean respetuosamente a los que a veces riño como a niños que ensucian, desordenan y me llaman Mari Pili... De vez en cuando, miro la foto de mi hijo, me paro a sentir su ausencia, paso
por la playa para estar ¿con él?. Sólo para estar, porque él estará donde yo
esté.
Sibila Cumana
