A modo de epílogo…

           
            De vuelta en casa me siento como Sísifo, castigada por los dioses a arrastrar eternamente una gran piedra  cuesta arriba por la ladera de una gran montaña. Ya no soy la madre acompañante de un hijo enfermo y moribundo, soy madre huérfana de un hijo que ha dejado un vacío imposible de llenar. Me siento aturdida, descentrada e incapaz de hacer las cosas que me gustan. Sin embargo, este será el último post en el que escriba sobre el cáncer y la muerte. Y, a modo de epílogo, acabaré como empecé.
            La primera vez que vimos al Dr, Lasso, el oncólogo, nos recibió en la tercera planta de traumatología del Hospital Virgen del Rocío. Llegó refunfuñando porque no había un despacho libre, así que nos atendió en uno muy pequeño y destartalado. Nosotros, sentados frente a él, observábamos su bigote mientras hablaba para sí entre dientes hasta que, mirando por encima de sus gafas de cerca, comenzó a hacernos preguntas sobre antecedentes familiares a los siempre contestábamos no. Carlitos, sentado en un asiento más bajo, permanecía con los codos apoyados en las rodillas mientras sujetaba los bastones. Parecía perdido, asustado. Acababa de cumplir 21 años.
            Ninguno de los tres entendíamos nada. El Dr. Lasso hablaba de tratamientos, de ciclos pautados según el protocolo de una universidad italiana con buenos porcentajes de éxito en los sarcomas. Pronunciaba palabras ininteligibles –metotrexate, ifosfamida, cisplatino, adriamicina – que poco tiempo después se incorporaron a nuestro vocabulario habitual.
          Al día siguiente comenzaba el primer ciclo. La quinta planta del Hospital General, estaba en pleno apogeo. Era temprano. Algunos pacientes deambulaban con sus goteros y sus cabezas calvas, acompañados de algún familiar. Pronto aquel ajetreo matutino sería una rutina también para nosotros. Nos familiarizamos con los sonidos: el carro de la comida, el de las curas, el de la cena de última hora y el chirrido del más temible de todos en el que casi a diario, algún compañero de planta hacía su último viaje hasta el sótano. 
            Los familiares compartíamos muchas horas de pasillo. Los recién llegados mostrando rostros esperanzadores, descansados…Los veteranos, ojerosos arrastraban sus zapatillas abatidos por el cansancio, agotados de pasar noches de un sueño entrecortado con las idas y venidas de las enfermeras, hastiados de ver a sus hijos, hermanos, padres, maridos, enganchados a goteros de quimioterapia amarilla o bolsas lechosas de alimentación con sondas nasogástricas. Enseguida aprendimos los códigos internos de comunicación que sólo nosotros, los acompañantes, conocíamos. Levantar las cejas, mover un poco la cabeza o clavar la mirada, eran maneras de transmitir que ya no había solución, que sólo quedaba esperar el milagro, ese que no llega porque lo peor de esta enfermedad es que tu propio cuerpo se convierte en tu peor enemigo. En él se instala el monstruo que te devora, las celulas de que se multiplican sin cesar, guerreros armados hasta los dientes, inmunes, que no se dejan derrotar a pesar del veneno que les ataca una y otra vez .
            Ahora miro atrás y siento que un escalofrío recorre mi cuerpo. Fueron muchos momentos de dolor pero también de una gran compasión, de simpatías y afectos. Las sonrisas más tiernas y las miradas más compasivas las he dado y las he recibido en el transcurso de esta experiencia en la que no fui protagonista sino testigo. Y ahora toca seguir, como diría mi hijo: “Tú siempre p’alante”.

Sibila Cumana


      
Esta va por tí hijo.

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