El Oráculo de la Sibila dice: "No te pierdas este momento. Pon conciencia en tu vida...y el bienestar tocará en tu puerta"
Quien tenga ojos que vea...quien tenga oidos que oiga.
Hoy hace casi una semana que mi hijo
nos dejó (me cuesta terriblemente escribir palabras como murió o falleció)
aunque no desde luego por voluntad propia. Esa madrugada tuve la suerte de ser
yo quien la pasara junto a él. Uní la butaca a su cama y me mantuve toda la
noche rozando mis dedos con los suyos, inertes, que sólo de vez en cuando
realizaban pequeños movimientos respondiendo a los míos. A veces apartaba mi
mano porque sé que a él este tipo de caricias
le ponían nervioso y me llamaba pesada. Dos veces en la noche oí
llamarme mamá con un hilo de voz, un lamento de desesperación y desgarro pero
sobre todo percibí su agotamiento, su cansancio y su deseo de acabar con todo.
He leído sobre la muerte en estos últimos
meses, artículos, experiencias personales, foros y un libro que me regalo una
amiga a quien cariñosamente llamo “prima”. Al principio se me aceleraba el
corazón, sentía miedo y tenía pesadillas. Pero cuanto más leía, más serenidad
me llegaba. ¿Qué quería saber? Creo que sólo buscaba la certeza de que allá
donde fuera estaría bien, es lo siempre quise para él y lo que procuré en la
medida en que él me lo permitió y yo supe hacerlo. Aquella última noche intuí
que ya no nos quedaba tiempo, así que me acercaba cada dos por tres a besarle,
humedecer sus labios y susurrarle que caminara hacia la luz y se dejara acoger
por ella.
Ayer me levanté temprano como
siempre. Bajé a la cocina para preparar el desayuno y al sentarme para
desayunar, me vino un intenso olor a mar, a conchas, ostiones, ostras,
caracolas…no a brisa marina, era el olor del fondo del mar. Me dediqué a
olisquear todo cuanto estaba a mi alcance: la cafetera, los cubiertos, la jarra
donde tomo el café, abrí el horno, el frigorífico, el cubo de la basura que
estaba vacío…Encendí su televisor y primero se vio y luego no. Así que primero
me desconcerté y luego me senté tranquila a tomar mi pan de centeno y mi café
con leche pensando: hoy mi hijo vino a verme y no quiere que nada me distraiga.
El olor a fondo marino perduró hasta media mañana. Me dio paz y serenidad cuando comprendí su presencia. Se lo conté a mi hija y me dijo: es verdad, huele
a mar, vendrá de fuera…Me quedo con mi versión maternal, más sobrecogedora y
tierna porque yo lo valgo.
Y por si fuera poco, el domingo
pasado, para no quedarme sola me recogió la prima y otra amiga y me invitaron a
comer. Fuimos a Conil, hablamos, tomamos un café mientras caía la tarde y a la
vuelta me llevaron a visitar a mi hijo Carlitos. El mar estaba gris, la playa
solitaria y la tarde fresca. Así me sentía yo por dentro gris, sola y con frío.
Recordé a mi hijo como era, no como se fue. Veía su cara, sus gestos y esa
media sonrisa canalla que utilizó para seducirme y hacer de mí cuanto quiso.
Pensaba que el agua estaría muy fría para él. No encontré rastro de las rosas
que apenas dos días antes dejamos y que el mar esparció a lo lardo de la orilla
a su capricho. Estuve allí de pie apenas unos minutos y le dije en voz baja:
cuando salga de nuevo el sol, sabré que has encontrado tu sitio. Hoy ha salido
el sol y hoy pasaré de nuevo a visitarlo.
Quien quiera creerlo que lo crea.
Cada persona sabe lo que percibe, lo que siente y lo transforma a veces en un
medio sueño o en sueño entero porque nos cuesta desprendernos, porque a veces
perder a quien queremos nos produce un dolor insoportable y entonces sólo nos
quedan casualidades, que dirían los escépticos o señales como decimos quienes
trascendemos un poquito más allá. Sea como fuere, gracias hijo, ven con tu olor
a fondo marino cuantas veces quieras porque yo siempre te estaré esperando.
Sibila Cumana