Los recuerdos que se vuelven color sepia…

            La vida nos brinda oportunidades. Nos vapulea, nos lleva, nos trae, nos hace esperar, nos alegra, nos entristece, nos abandona, nos recoge, nos acoge, nos rechaza…Pero sin duda alguna nos ofrece oportunidades. Sólo hay que estar atentos, realizar una continua lectura de cuanto acontece y es entonces cuando empiezas a creer que casi nada ocurre porque sí, que casi todo lleva un mensaje implícito, que tu vida no transcurre sola muy al contrario está imbricada, entrelazada con las vidas de quienes te rodean y que los hechos no son aislados sino que forman parte de un todo en el que se cuentan tu vida y la de los otros, de tal manera que resulta difícil establecer la frontera entre nosotros mismos y los demás.
            Las situaciones límites ponen a prueba nuestras capacidades como seres humanos. Algunas personas se hunden, se sienten incapaces de afrontar el dolor porque sólo ven la pérdida y lo que ésta representa para ellas mismas, algo así como si quedasen mutiladas, como si ya no quedara nada más. Con frecuencia esta actitud conduce al abandono de sí mismo, del resto de la vida que nos quede y con ello de quienes la conforman. Para mí todos estos meses han sido una oportunidad de vivir en plenitud, de aprender de todo y de todos, de crecer para llegar a ser mejor persona, mejor madre, mejor compañera, mejor amiga… El sufrimiento y el dolor tiene una cara positiva que cada uno debe descubrir en su momento porque si te lo propones – y no es fácil- permite aflorar lo mejor de cada uno: la paciencia, la esperanza, la confianza, el amor, el cariño, la ternura, la compasión, la complicidad, la sinceridad, la empatía, la conformidad, la aceptación, la sumisión…Descubres que puedes crear espacios en los que compartirlos y experimentar como vas madurando y fortaleciéndote día a día, una fortaleza que transmites, una serenidad que se adquiere cuando te rindes a un destino que no puedes cambiar.
            En este doloroso proceso llega un momento en el que experimentas la serenidad, la paz interior, una paz inalterable que permanece por encima del dolor y la desesperanza. Es entonces cuando sientes el cambio, cuando sabes que estás dispuesta, que te preparas para el amargo final, ese final que llevas tanto tiempo intuyendo, imaginando, temiendo y rechazando, un final cada día más próximo. Cuando percibes estas sensaciones es que ha llegado el momento de máxima generosidad y de amor total porque es la hora de desear que la persona a quien quieres no sufra más, no tenga más dolor, no quieres que la enfermedad le quite su dignidad, le deforme, le cambie su aspecto hasta hacerlo irreconocible…La muerte aparece frente a nosotros como un bálsamo que nos aliviará a todos y quiero creer y creo que esos 21 gramos que los científicos dicen que pesa el alma, entrarán a formar parte de la energía del universo, esa que nos envuelve a todos, esa que ni se crea ni se destruye sino que se transforma. Creo -como dice E. Kübler Ross- que abandonará el capullo (cuerpo) que ya no necesita para convertirse en una preciosa mariposa. Allí donde vaya, iré yo. Allí donde permanezca, yo permaneceré. Me siento dispuesta para acompañar a uno de mis seres más queridos para hacer su tránsito sin miedo. Su mano será mi mano y su dolor el mío. Ojalá que no tarde en ver la luz!!   

                                                           Sibila Cumana






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