Un amor a primera vista…
La primera vez que la vi, supe que
el destino la había traído a mi vida. La candidez de sus ojos me conquistó de
inmediato. No es que fuera especial respecto a otras pero para mí sí. Su mirada
conquistadora, sus movimientos insinuantes de cadera al andar auguraban un
futuro atractivo y atrayente de miradas y deseos ajenos…Tal y como más tarde
fue, pues atrajo pronto la atención de quienes la rondaron, sedientos de amor.
Desde que llegó a casa cambió mi plácida
vida, pues su juventud –teniendo en cuenta que le sacaba unos años- me obligaba
salir y trasnochar más de lo que hubiera querido. Podría contar miles de anécdotas
pero no viene al caso. Ella se hizo mí y yo a ella. No puedo olvidar sus
caricias y besos en el sofá, del que casi se apodera…Me estremece pensar en cómo
me esperaba en casa y al llegar saltaba sobre mí, sobre mi cuello y mi boca por
mucho que yo la quisiera evitar. Compartimos muchas horas de soledad, ella y
yo, y largas charlas sobre la vida y los problemas. Le gustaba escucharme
aunque más de una vez la pillé en el más profundo de los sueños.
Por las noches la escuchaba suspirar
de vez en cuando y oía sus pisadas cuando por alguna razón estaba inquieta, obligándome
a levantarme en mitad de la noche y tranquilizarla con palabras y mimos.
Estuvimos juntas 16 años, fue mi
familia, mi compañera más fiel hasta el tiempo la hizo envejecer. Sus
movimientos se volvieron torpes y lentos aunque nunca perdió las trazas, porque
quien tuvo y retuvo…ya se sabe. Ahora que ya no está, la extraño, la echo de
menos y sigo queriéndola porque fue parte de mi familia, aunque algunas
personas no lo entiendan. Hace ya dos años
que Jana, mi perra, murió. Nos dejó miles de recuerdos, más retales de los que
he hablado y cada rincón de mi casa conserva una pequeña instantánea de su vida
con nosotros. No sé si vuelva a tener otra perra, pero aunque así sea, creo que
nunca será como mi querida Jana.
Sibila Cumana