Sólo palabras…y un poema.

 

          A veces las palabras no llegan, sólo se aproximan a lo que sentimos. Hoy no puedo construir frases con ellas porque hoy es un día en el que sólo siento y necesito silencio, recogimiento, dejando que los sentimientos me inunden el alma…Porque sé que después, en algún momento, la serenidad y paz interior regresarán a mí aunque nada, nadie, podrá mitigar mi dolor.

            Esperanza, miedo, dolor, más miedo, incertidumbre, cansancio, ira, desesperanza, más dolor, sufrimiento, negación, impotencia, injusticia, más dolor…Y al final, cuando llegue mi otoño, tendré que desprenderme de las hojas que caerán sin que nada pueda detenerlas…
 
                                                                                                Sibila Cumana

 

LAS HOJAS NO CAEN, SE SUELTAN
 
Siempre me ha parecido espectacular la caída de una hoja. Ahora, sin
embargo, me doy cuenta que ninguna hoja “se cae” sino que llegado el
escenario del otoño inicia la danza maravillosa del soltarse.
 
Cada hoja que se suelta es una invitación a nuestra predisposición al
desprendimiento.
 
Las hojas no caen, se desprenden en un gesto supremo de generosidad y
profundo de sabiduría: la hoja que no se aferra a la rama y se lanza
al vacío del aire sabe del latido profundo de una vida que está
siempre en movimiento y en actitud de renovación. La hoja que se
suelta comprende y acepta que el espacio vacío dejado por ella es la
matriz generosa que albergará el brote de una nueva hoja.
 
La coreografía de las hojas soltándose y abandonándose a la sinfonía
del viento traza un indecible canto de libertad y supone una
interpelación constante y contundente para todos y cada uno de los
árboles humanos que somos nosotros.
 
Cada hoja al aire que me está susurrando al oído del alma ¡suéltate!,
¡entrégate!, ¡abandónate! y ¡confía! Cada hoja que se desata queda
unida invisible y sutilmente a la brisa de su propia entrega y
libertad. Con este gesto la hoja realiza su más impresionante
movimiento de creatividad ya que con él está gestando el irrumpir de
una próxima primavera.
 
Reconozco y confieso públicamente, ante este público de hojas
moviéndose al compás del aire de la mañana, que soy un árbol al que le
cuesta soltar muchas de sus hojas. Tengo miedo ante la incertidumbre
del nuevo brote. ¡Me siento tan cómodo y seguro con estas hojas
predecibles, con estos hábitos perennes, con estas conductas fijadas,
con estos pensamientos arraigados, con este entorno ya conocido…
 
Quiero, en este tiempo, sumarme a esa sabiduría, generosidad y belleza
de las hojas que “se dejan caer". Quiero lanzarme a este abismo otoñal
que me sumerge en un auténtico espacio de fe, confianza, esplendidez y
donación.
 
Sé que cuando soy yo quien se suelta, desde su propia consciencia y
libertad, el desprenderse de la rama es mucho menos doloroso y más
hermoso. Sólo las hojas que se resisten, que niegan lo obvio, tendrán
que ser arrancadas por un viento mucho más agresivo e impetuoso y
caerán al suelo por el peso de su propio dolor.
 
 
(Extraído del libro LA SABIDURIA DE VIVIR. 2ª ed. Desclée de Brouwer)

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