La noche
mágica…
Nada es
tan maravilloso como la capacidad de fantasear de un niño la noche de Reyes.
Recuerdo que, aunque habíamos hablado mis amigas y yo acerca de esta noche
mágica y aún sabiendo que eran nuestros padres quienes nos hacían los regalos,
no queríamos aceptarlo porque hacerlo implicaba dejar escapar una parte de nuestra
niñez para introducirnos en la cruda realidad del mundo de los adultos o por lo
menos nos dejaba la conciencia de ser menos niñas. Aún así, insistí
voluntariamente en el embrujo de esos días previos, intentando negarme a un
hecho que se mostraba ante mí con una evidencia tal que no me dejaba más
alternativa que aceptarlo.
Como todos
los días seis de enero de aquellos años, no podía dormir y mi padre se acercaba
a mí sigiloso una y otra vez comprobando si estaba dormida. Cuando el sueño me
vencía ellos, mis padres, como todos los padres, sacaban furtivamente los
regalos, los colocaban en el salón y se iban satisfechos y cansados a dormir,
hasta que mis hermanos y yo les despertábamos para compartir la “sorpresa” de
todos aquellos fantásticos regalos, justos los que habíamos pedido.
Como a las cinco de la madrugada, mi hermano el
mediano, siempre el más madrugador, era el que nos despertaba y cuando ya fue
adolescente y cómplice de mis padres, cogía su bici para ir a casa de mis
abuelos y levantarlos a todos incluidos mis primos. Luego volvía con un papelón
de churros para desayunarlos con chocolate mientras seguíamos enredando con los
regalos. Ya por la mañana, comenzaba un deambular de escaleras arriba y abajo,
en el que todos los niños del bloque aparecíamos arreglados y con los juguetes,
llenos de felicidad, ansiosos por salir a la calle y jugar y jugar, como si se
nos escapara el tiempo, cosa que desgraciadamente ocurrió casi, casi, sin
darnos cuenta.
Transcurrido ese tiempo que ahora se
me antoja tan breve, me encontraba a mí misma, representando el papel de reina
maga con mis hijos. Yendo y viniendo a sus camas para ver si ya dormían,
esperando sacar de cada escondrijo los juguetes para colocarlos en el salón,
con los globos y las chuches, escribiendo sus nombres con mi mejor letra que
ellos, desde su inocencia, identificaban con la escritura de la Reina Melchora o Baltasara (en mi casa durante
muchos años venieron Reinas y no Reyes ¿por qué no?) Bajo el árbol, sobre el
sofá, en la mesa... los regados aparecían desparramados en la habitación.
Algunos con sus envoltorios y lazos, otros ya abiertos, mostrándose claramente:
el parking de varios pisos, el robot, la muñeca en su sillita de paseo, el
camión de bomberos, la equipación de la Selección Española o del Real Madrid,
la carroza supercursi de la barbie, la primera consola que yo no sabía cómo
controlar, el estuche de lápices, los cuentos... y como no, los bombones, los huevos kinder, los tubitos
de lacasitos...
Apenas me
acostaba, no sin antes recrearme y revisar que todo estuviera en su sitio, con
una media sonrisa dibujada en mi rostro, disfrutando anticipadamente tan solo
al imaginármelos allí, viendo lo que yo veía en ese instante, cansada pero
tremendamente feliz con la satisfacción de cumplir sus sueños, saltaban los
tres sobre mi cama y se iniciaba una especie de ritual que se repitió año tras
año hasta ahora que ya son mayores. Consistía en ponerse la bata y las
zapatillas y luego, hacían una pequeña fila empezando por la más pequeña,
imperando como criterio la estatura y la edad. Yo entraba en el salón antes
para preparar lo que denominaríamos “efectos especiales”, luces, sonido, etc...
contábamos hasta tres y la puerta se abría… Sus caritas asomaban sonrientes,
expectantes. Se acercaban poco a poco, miraban y reconocían sus regalos, se los
enseñaban. Durante un rato, mientras descubrían los suyos, los de los abuelos,
los primos, etc...Eran tan felices!!!. Nunca sabré si tanto o más que yo viendo
mi propia felicidad en ellos. Algo más tarde desayunábamos el ya tradicional
“roscón” a la antigua usanza, es decir, con chocolate, para luego marcharnos a
visitar a los abuelos y a los primos e intercambiar más regalos.
Me
entristece ver como el paso de los años arrasó su ingenuidad, como hiciera
mucho antes con la mía. No obstante, a pesar de que la vida se ha empeñado en
vapulearme una y otra vez como queriendo aniquilar las ilusiones y conducirme a
un total ateismo tanto en este como en otros terrenos de mi paso por este
mundo, he sabido sostener y transmitir –espero- que la magia de la noche de
reyes no se basa -evidentemente- en la aparición gratuita de todo aquello que
previamente solicitamos. No. La magia es la ilusión en sí misma que te lleva a
ofrecer a los seres que amas algo que sabes de antemano que le hará feliz por
inútil que sea aquello que desean. El misterio de la espera, la incertidumbre,
la impaciencia, las mentirijillas, los escondites caseros...Todo forma parte de
la misma ilusión. ¿Acaso no es magia que los adultos actuemos y nos sintamos
niños una vez al año? ¿ No es verdaderamente mágico que durante generaciones se
hayan conservado las tradiciones, lográndose a un tiempo, conservarlas y
transmitirlas sin dejar que se pierda la inocencia de miles de niños y la
ilusión de miles de adultos empeñados en revivir en sus hijos o en sus nietos,
su propia niñez?
A veces me
sorprendo a mí misma imaginando a mis hijos ejerciendo de reyes magos y a mí
como su cómplice. Soy feliz creyéndome que ellos lo serán tanto o más que yo y
ojalá que sigan desayunando chocolate, como ya lo hicieran sus abuelos, sus
padres... Y porque no quiero que olviden, para ellos y para los que aún no
están, con la esperanza de que un día estén, vaya por adelantado este relato
con el más profundo deseo de que perdure en sus memorias.
Sibila
Cumana
P.D. Cuando escribí este relato aún no había
nacido mi nieto Pablo Fan Fan. Éste será su primer despertar mágico (las
navidades pasadas era demasiado pequeño). Su padre, mi hijo, será su Rey Mago y
yo –como mucho- haré de Paje (porque el femenino queda un poco borde). La vida
continúa…

