Permitiéndome...

      Llega la Nochebuena con sabores agridulces, con los ojos que se empañan a ratos, con imágnes que me hacen sonreir y recuerdos que me estremecen de dolor. La ausencia de mi hijo va marcando el ritmo de mis días, a veces parece que no sea más que un paréntesis, que no está ahora, pero estará alguna otra vez, estará...Pero las cosas no encanjan porque en ese "estara" sigue resulténdome dificil pensar en él como el chico joven, sano y fuerte que fue y vuelve con mayor frecuencia a mi memoria, aquella persona convertida en un ser débil, deteriorado y frágil, consumido por la enfermedad. Los sueños y las fotos me devuelven su sonrida, su cara de pillo, su voz, sus bromas que me dejan rescatar así, su ser físico verdadero. 

     Sin embargo, a pesar de esta vorágine de sensaciones y recuerdos que conforman una especie de refugio al acudir en momentos de soledad y extenuación extremas, comienzo a experimentar ratitos de bienestar en los que la compañía de mis seres queridos, familiares y amigos, me proporcionan reposo, tranquilidad y vuelve a mí la gana de reir, unas ganas que reprimo, que continúa haciéndome sentir culpable de estar viva. Aún así, comienzo a permitirme y, casi dos años después de perder a mi hijo, después de todo lo sufrido y todo lo vivido, puedo afirmar que hoy por hoy, le quiero mucho más, le conozco mejor, estoy más convencida de que sigue vivo de otra forma y empiezo a caminar por la senda del perdón hacía mí misma. Puede ser este uno de los proyectos para el próximo 2015.

                                                             Amanecer desde nuestra casa...

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