Una “rubia” peligrosa…


            Estos días andamos preocupados porque la enfermedad nos mantiene nuevamente en vilo. Esta vez el "monstruo" asesino, desgarra con sus patas y tenazas el interior de mi tía, mi tata. A sus 88 años es una mujer independiente, con una vida propia, capacitada y capaz de gestionarla a su modo y a su forma. Vive sola, al calor de unas cuantas personas cercanas que la quieren mucho porque ella se hace querer y con el mejor y sólido de los apoyos, su familia, su nuera -que hace las veces de la hija que ya no tiene- sus nietos y biznietos que la rodean de mimos y están pendientes de ella.Y mi hermano, que siempre se mantuvo cerca, porque a los dos les gusta mucho la calle...
            Su memoria prodigiosa, es una fuente inagotable de recuerdos que lleva y trae a través de la línea de su propio tiempo, su vida es el cómputo que utiliza para rastrear las historias familiares que hoy oímos de sus labios tal como siempre fue y debería ser. Nuestros mayores se convierten en el depósito donde se guardan los recuerdos de todas las vidas que se han ido trenzando a lo largo del tiempo. Los dimes y diretes, las zonas oscuras, los enfrentamientos, los encuentros y desencuentros, las anécdotas, en definitiva todo aquello que conforma la trama familiar. Ella lo tiene todo recopilado y le gusta recordar tanto como a mí oír sus recuerdos.
            Necesitaría mucho espacio para contar la trayectoria vital de mi Tata, una historia conducida por la presencia constante de la pérdida, una vida donde el duelo ha estado siempre presente. Primero su hermano, cuando era pequeña; luego su primer novio; una hija de 20 años; su madre; su padre; su hermana –mi madre- su marido y finalmente su hijo. ¿Cuántas pérdidas  podemos  llegar a superar las personas y seguir viviendo sin victimismo ni  protagonismo?
            No conozco a nadie con mayor dignidad, ni entereza. Por encima de todas las desgracias, ella descifró uno de los grandes enigmas de la vida  para seguir mirándola desde unos preciosos ojos azules que aún hoy desean seguir haciéndolo, encarando la vida valientemente, sin dramas, sin actitudes ni comportamientos vengativos. Sus duelos encadenados fueron silenciosos y silenciados, vividos desde la más absoluta intimidad, descubriendo la forma de sobrevivir cada día sin perder el sentido del humor ni la gracia.  
            Ayer me contó una anécdota que resumo en el título de esta entrada. A los 14 años, mi tía se tiñó de rubio. Y paseaba con su amiga Pepita por la Alameda y calle Real, cuando un muchacho algo mayor se le acercó una y otra vez durante varios días para quedar con ellas. No cabe duda de que los dos se gustaron, porque ella se hizo rogar pero a los dos días apareció en el sitio y a la hora. Sin mediar el consentimiento paterno que diera formalidad a aquella relación, se vieron a hurtadillas y mi madre, su hermana mayor, hizo de cómplice. Hasta que un día en la Gran Vía, mientras mi abuelo se tomaba una copa de fino, Antonio, que así se llamaba el muchacho, sacó valor y se acercó para solicitar permiso y poder visitar a su hija, mi tía, formalmente, con buenas intenciones porque él en cuanto acabara el servicio militar,  “reuniría” para casarse. Mi abuelo dijo que si, pero el destino dijo que no. Con 20 años murió de tifus. Ella tenía sólo 16 y por como habla de él tengo la sensación de que fue el amor de su vida, ese que llega sólo una vez y para siempre, aún por encima de otros amores. Como una marca indeleble en el corazón, hecho a hierro candente sobre la piel, nada ni nadie borrará nunca su recuerdo, ni sus besos robados, ni esas despedidas en los rincones de las casapuertas en las que ellos y ellas se miraban de soslayo, como dice Sabina, quitándose la ropa con la mirada, llevándose consigo cada día el deseo de que ese deseo se hiciera pronto realidad.
            Esa “rubia peligrosa” tiene hoy el pelo cano y rizado, unos ojos azules empequeñecidos por la miopía y la edad, un cuerpo menguado y un rostro lleno de surcos fruto de todos los sufrimientos pasados. Aún así, muestra sus femeninas manos con uñas cuidadas y pintadas de rosa y unos labios que resalta con carmín. Genio y figura que diríamos. Ahora más que nunca, te pediría que te quedases tata, pero como no puedo solo prometo estar contigo y acompañarte para intentar mitigar tus miedos, ayudarte a soltar tus ataduras y decirte al oído que siempre te he querido mucho aunque no estuviese cerca, que eres el espejo donde me miro y que intentaré como tú encontrar las claves para seguir viviendo, porque yo al igual que tú, soy  una superviviente. 

 Sibila Cumana
                                                      Lástima que sea en blanco y negro!!


                                         Para tí que sé que te gusta la copla y la Pantoja...

Entradas populares de este blog

Tú, yo, nosotros...

Viviendo en un ascensor...

De regreso de la calle Fontanares...